Él la eligió por el nombre, sobre todo por el nombre. Una mujer con ese cuerpo no podía llamarse de otra manera. La perdición se asomaba redonda en el escote y las caderas. Su madre lo había escogido porque sonaba bonito, en algún lugar lo había leído pero no sabía dónde, no tenía un significado especial. 

Para él, en cambio, significó más, mucho más. Fue su desafío, la misión que lo hizo sentir como un Jinete del Apocalipsis. 

Ella, se llamaba Babilonia. Juan se la reservó de niña.  

Espacio Informativo

Quiso el destino que se le rompiera el palier de la estanciera justo pasando por Simbolar, el pueblo donde ella vivía. No tenía pensado parar ni para el almuerzo, por eso había salido tan temprano, para hacer el viaje de un tirón. El único mecánico del pueblo le avisó que no era un arreglo simple, a falta de repuesto tenía que hacer un par de soldaduras y de seguro lo agarraba la noche en la faena. En el taller descargaron el anafe y la garrafa que había comprado para soliviantar el vehículo, más que eso no llevaba. 

Juan consiguió albergue en una casona que servía de bar y despensa. Le hicieron precio por dos comidas y una cama. El guiso y el puchero resultaron muy buenos, la cama no tanto. 

No había mucho para hacer en ese paraje, por el bar de vez en cuando pasaba algún viajante que traía novedades y remedios de venta libre. Juan no era de buscar conversación por lo que las horas se le hicieron doblemente largas. Cruzó algunas palabras con la chiquita que limpiaba, era la hija de la cocinera, una mujer bien alimentada gracias a su trabajo pero con el cuerpo aporreado de tener que mantener a siete hijos y un marido que había quedado ciego a causa de la diabetes. 

“Babilonia, ya podés comenzar en la cocina”, le gritó la dueña desde el mostrador. La niña dejó la escoba y se puso el delantal, al rato se escuchó el correr de agua y el tintinear de los cubiertos en la bacha. 

Babilonia, Babilonia… el nombre se le quedó pegado como olor a humo. 

Le avisaron que al mediodía ya tendría el vehículo listo, pero el apuro ya se le había ido y decidió pagarse otra comida, en el menú se anunciaba pastel de papas. 

Después de almorzar se quedó haciendo tiempo apoyado en el tronco del paraíso jugueteando con la colilla del pucho, cuando las mujeres terminaron el turno de trabajo, Juan, se ofreció a acompañarlas. Era plena siesta, las chicharras aturdían y a las seis tenían que estar de vuelta para cumplir el turno de la noche. Las ayudó a cargar el bulto de ropa que llevaban para lavar y la vianda que era parte de la paga. Hablaron del clima, de la plata que no alcanzaba y de la muerte lenta que invade un pueblo sin tren. La madre le pidió a Babilonia que aprovechara a recoger leña. “Algún día tendremos cocina”, suspiró. 

Juan también suspiró. “Yo aún no tengo esposa, si usted me promete la hija, ahora mismo puedo dejarle un anafe de dos hornallas y una garrafa”. 

“Pero hombre, no ve que está muy chica, tiene ocho nomás”. 

“Si no es que la quiero ya, cuando ande por los dieciséis se la paso a buscar”. 

“¿Y usted, por cuántos anda?” 

“Nomás tengo treinta y tres, un campito de cinco hectáreas más al norte y la estanciera”. 

 La madre chistó a la niña que acomodaba los palos que se iban cayendo: “M´hija, dentro de ocho años se va a casar con este señor y ya no levante tantos palos que vamos a tener cocina a gas”. 

Puntualmente, ocho años después, Juan pasó por el rancho. Había tenido la generosidad de mandar un dinero el mes anterior para que le compraran un vestido y organizaran una fiesta sencilla. Babilonia nunca se rebeló a ese compromiso, lo aceptó como si le hubieran pedido que fuera a cuidar a la abuela enferma. 

Juan, se sorprendió de verla tan crecida, tan distribuida de partes. Ella lo vio como lo recordaba, enjuto y serio, con olor a tabaco. 

Comilona y compromiso terminaron a la hora en que las gallinas se trepaban a los árboles. 

“Usted se queda Babilonia, ayuda a su madre con la limpieza y cuando amanezca la retiro”. Nadie en la familia esperaba esta actitud de un recién casado, qué buen tipo, pensaron. 

La casa del marido, ahora también suya, estaba cruzando el mapa de la provincia metida kilómetros adentro del camino principal. Tenía una cocina modesta, dos dormitorios, de los cuales uno se usaba como depósito, y el baño que estaba adentro de la misma casa, eso le gustó a Babilonia, el baño. 

Sobre una repisa despojada de adornos había una biblia. “Acá vamos poco a la iglesia pero todos los días se lee la biblia”, aclaró Juan mientras tomaba el libro. 

Babilonia asintió con la cabeza. Juan le separó una silla para que se sentara junto a él. “Génesis 2,18”, leyó. “Y el Señor Dios: no es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él”. Cerró el libro y la miró fijo: “Es para que quede claro, yo soy el hombre, mi esposa es la ayudanta idónea. Ayudanta. Yo dispongo, ella hace”. 

Así comenzaron las cosas. Una vida austera de obediencia y desamor, cumplir con la limpieza, cumplir con la comida, cumplir con las tareas asignadas en el campo: la quinta, las gallinas, los chanchos, el ordeñe, cumplir en la cama y leer la biblia. 

La faena empezaba a las cinco y media, Babilonia traía la leche recién ordeñada, despertaba al marido, le llevaba agua tibia al baño en una jarra enlozada, tostaba apenas el pan horneado el día anterior, ponía en un plato una cucharada de manteca y otra de mermelada y esperaba a que él se sentara para servir el desayuno. 

Juan le decía que ese nombre que le habían puesto era signo del pecado, pero que él la redimiría. Su pelo frondoso, ondulado, cubriendo la espalda; era pecado. Un día él mismo se encargó de cortárselo a lo varón. Luego no le bastó con el cabello porque sus pechos, sus caderas, sus labios también eran pecado, él lo sabía porque se le aparecían en el pensamiento como demonios, los veía claros sobre las impolutas páginas de la biblia o mientras estaba hincado en oración. Una mujer con un cuerpo como pulpa de durazno no podía haber sido modelada por Dios. Le dijo que si fuera más delgada, más plana de arriba y abajo, el diablo tendría menos lugares para ocultarse. Comenzó fajándole el busto, después le prohibió cenar. Más tarde cayó en la cuenta de que ella podría comer de la olla mientras cocinaba para él y la obligó a practicar el ayuno por lo menos tres días a la semana. Pero eso sí, para salvarla necesitaba de su ayuda, “Génesis 2,18” volvió a recordarle, como otras tantas veces ya lo había hecho. 

Cada tanto Babilonia sentía que el cuerpo se le iba en los ayunos, más de una vez le rogó por una cucharadita de azúcar para no desmayarse. Juan respondía señalándole alguna parte de la biblia, sobraban citas al respecto. 

Babilonia sentía que el cordel que la unía a ese hombre se deshilachaba, había trabajado desde chica, sabía moverse entre la gente y ganarse la vida por sí misma, ya no tenía ganas de seguir siendo esposa a cambio de una herencia y un apellido de casada. Nunca pudo compartir ni siquiera media horma de queso con su familia, les había prometido a los hermanos más chicos que se los traería a pasar las vacaciones y a su padre que nunca le faltaría para la insulina. Con ninguno pudo cumplir, su esposo le decía que ella no era dueña de nada, tan sólo era su ayudanta idónea, así lo decía la biblia. 

Durante un tiempo, ella había intentado explicarle, cambiarle el pensamiento, pero fue inútil ante la carimba de una santa palabra que le marcaba el destino. 1 Timoteo:11-1211 Que la mujer aprenda calladamente, con toda obediencia. 12 Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca callada. 

Babilonia calculó que tres años habían sido tiempo suficiente para saldar la deuda del anafe y la garrafa que apenas si había servido para calentar la pava. 

Para la época de Navidad Juan mató diez lechones, ya tenía los encargos hechos en el pueblo y debía repartirlos, Babilonia guardó unas pocas cosas en un bolso de mano, se subió a la estanciera de sopetón y le dijo que la llevara a visitar a su familia, y que además se quedaría con ellos por lo menos un tiempo. Se había puesto una de las polleras que nunca usaba y una hebilla con una flor para que no diera tanta pena su cabello corto y la flacura. 

Juan descendió sin inmutarse, abrió la puerta del acompañante y la bajó de los pelos. Ni siquiera la dejó pararse, el cabello corto se le escurría de los dedos, la llevó a la rastra. 

Babilonia se hizo ovillo cuando escuchó la cerradura de la puerta del baño, Juan le había dejado la consigna de memorizar un pasaje de la biblia. “1 Pedro 3, 1-6” 

A la noche se lo recitó y el marido la dejó salir. 

Un día Juan le dijo que quería un hijo, un hijo santo como él, que había sido el primogénito y por eso mismo era de Dios, un santo. 

Babilonia pensó que un hijo era un hijo, y que antes que de Dios sería de ella, lo cuidaría ella y lo amaría ella aunque tuviera que hacerlo a escondidas. Por fin no estaría tan sola. Y quizás, hasta tendría la oportunidad de asomar la cabeza aunque sea para llevarlo al médico. “Si un varón abre tu matriz, será santo, con un hijo santo podrás dejar de llamarte Babilonia y serás mi Sara”. Sentenció Juan. 

Babilonia que ya estaba acostumbrada al silencio, no dijo palabra, pero pensó que su esposo se estaba volviendo un loco peligroso. 

Un año después Juan trajo una partera, Babilonia nunca tuvo oportunidad de consultar a un médico. Anicasia había asistido a muchos partos, incluso al de Juan. Le explicó cómo respirar y pujar antes de que le llegaran las contracciones fuertes, le palpó los pechos y le dijo que tendría buena leche. Juan se quedó fumando en el comedor. Cuando llegaron los dolores Babilonia quiso despotricar contra el mal nacido de su marido, contra su madre que la había vendido, contra su padre que no se había negado; pero se sujetó la lengua porque suponía que si Juan la escuchaba maldecir la castigaría con la santa palabra. Tendría un hijo y sólo eso le importaba. 

Retumbó el llanto después del grito más feroz, “es una niña” anunció a todas voces Anicasia. En el comedor se escuchó un golpe contra la mesa. Juan entró a la pieza dando un portazo “¡Qué otra cosa podría salir de una Babilonia… más que una ramera!” vociferó, y le quitó la niña de los brazos. Babilonia se volvió loba, fiera defendiendo a su cachorro. 

Entre el griterío y los arañazos Anicasia apretujó el bulto y alcanzó a decirle que se la cuidaría bien. 

Babilonia quedó dormida de un trompazo. 

No valía la pena pedir explicaciones porque Juan no se las daría. Babilonia era una parturienta que no tendría convalecencia. Salió al ordeñe como todas las mañanas, primero ella, después la vaca. Se bebió su propio calostro, “es el que da las defensas”, le había dicho Anicasia. 

La leche le salió de los pechos adobada de rencores, injusticias y sufrimientos. Los chorritos caían en la vasija como una vía láctea de resentimientos enroscados. Se la dio a beber a su marido en el desayuno y camuflada en las comidas. Esa misma noche Juan comenzó a sentir un malestar que se le agudizó con el desayuno siguiente. Babilonia cumplía el rito de ir al corral, pero la leche que traía no era de vaca. 

Al mediodía el hombre quedó tirado en la cama retorciéndose del dolor de estómago, sentía un río de lava corriendo por el tracto digestivo. Por un momento dudó de la comida, pero su esposa comía de la misma olla y no estaba afectada. Se fue al pueblo a conseguir algún medicamento. 

En la farmacia le dijeron que seguro era el cigarrillo, que le había hecho un agujero en estómago… más algún nervio que haya pasado. Le recomendaron beber leche a temperatura ambiente y dejar el pucho, más un antiácido que no compró porque le pareció caro. 

Juan cumplió, su esposa fue la ayudanta idónea. 

El primer día se tomó cuatro vasos a fuerza de voluntad. 

Al segundo día los dolores eran tan agudos que ya no podía incorporarse y Babilonia le daba la leche de a sorbos. 

Al tercer día Juan se veía como una enredadera de nervios y quejidos, parecía que hubiera tragado vidrio molido, se sentía acuchillado por dentro aunque no viera ni una gota de sangre. Babilonia le sostenía la cabeza y le daba la leche de a cucharaditas. 

El viejo parecía cascarita de naranja secada al sol, retorcida y seca. Ya ni se quejaba. 

Babilonia le mojó la cara con un paño frío para que no perdiera la conciencia, lo sentó con almohadones y lo obligó a escuchar la biblia, eran sólo dos versículos del Apocalipsis, no requerían tanto esfuerzo. 

Frente a él, mientras recitaba, Babilonia se ordeñaba dejando caer la leche directamente al vaso. En un extremo pujo de lucidez Juan intentó persignarse, ella le frenó la mano y vació el contenido del vaso en la boca dócil que ya no tragaba, sintió el ahogo final como un candado que se abría y salió a buscar a su hija. 

La llamaría Libertad. 

Apocalipsis 17, 5,6 En su frente un nombre escrito, un misterio: Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra. 6Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro. 


Lunes 8 de marzo “Día internacional de la mujer” una jornada para reflexionar como sociedad. Desde nuestro aporte literario compartimos “Génesis 2,18” uno de los cuentos que integra el libro Un génesis y muchos apocalipsis de la escritora Analía Juan. 

Analía Verónica Juan 

Nació en 1975 en Córdoba Capital, reside en Jesús María, Córdoba. Coordina talleres literarios para niñ@s y [email protected] Ha publicado (2011) El paseo de Tamañón (2012) El camello de Baltasar (2013) El canto de una hormiga (2014) Paulina Despeinada (2016) Corazón de poeta (2017) Nido arco iris (2018) Garratimbó (2019) Intercambio de cucos (2019) Ronquisueños. 

Un génesis y muchos apocalipsis es su primer libro de cuentos para [email protected] 

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