Capitulo 1 – La Última Cena

1924 – Lucio corre por los pasillos del monasterio en ruinas. Una de sus sandalias, con fallas de fabricación, se rebela y detiene su huida. Trento, al norte de Italia, puede lucir por sus templos y castillos, por sus lagos y montañas, pero se queda muy por detrás de otras ciudades en la confección de sandalias. Eso lo supo, y lo lamentó en ese momento. “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”, repetía en su mente las palabras que encontró el Dante a la entrada del Infierno, mientras intentaba conectar la tira de cuero suelta en la sandalia corrompida. Por algún motivo, entrar al infierno y trastabillar con el calzado descompuesto se le figuró como un acto análogo.

Dramático, recostado contra uno de los muros helados, pensó que aún tendría que bajar las escaleras, y visualizó su propia muerte. Se vio cayendo, se vio haciendo esfuerzos heroicos por sostener con el dedo meñique del pie derecho la sandalia infame mientras se golpeaba con cada escalón de la “scala al convento”.

Trágico, suspiró y se aferró a los pergaminos. Decidió que daría la vida para que la verdad sea revelada al mundo. Entre aquellas viejas páginas volvió a posar sus ojos sobre los bocetos de Da Vinci. Los originales, escondidos en una mesita de luz en el “Monastero Di San Damiano Delle Clarisse Di Borgo Valsugana”. Y meditó sobre lo fuera del campo semántico que se encontraba la “mesita de luz” de “Arca”, “Cofre”, “Arcón” y “Urna”. Esa idea le hizo replantearse lo de dar la vida.

Espacio Informativo

L’ultima Cena, en bocetos originales posiblemente de 1491 o 1492. Robados y escondidos en una mesita de luz por quienes se cree eran desertores del concilio convocado por Paulo III. Y quienes de haber tenido la oportunidad hubiesen ocultado el Manto de Turín en un cajón con toallones o el Arca de la Alianza en una bajo mesada al lado de los platos hondos. La historia los juzgaría como los mayores desertores de la iglesia católica, pero los menos meticulosos.

Lucio Miretto, tenía en su poder aquellos bocetos, junto a un grupo de manuscritos que creyó estaban redactados en lenguas muertas, para luego darse cuenta de que era latín, pero escritos con notables errores de ortografía y presumiblemente de noche, sin luz artificial. “Veritas” (Verdad) se leía claramente y por suerte. Porque lo demás parecía “escrito con el codo”, juzgaría una maestra de tercer grado en la horita de latín en aquellas escuelitas del norte imperialista libre italiano de 1563 mientras golpeaba el pizarrón con el borrador.

Veritas” repetía Lucio. La verdad debe ser contada. La verdad debe ser. Recuperó el valor, y resolvió huir en cuanto antes de aquel lugar. Descartando la primera mala idea que tuvo, que fue amputarse una pierna. Decidió quitarse la otra sandalia y escapar descalzo. Lo cual pareció ser lo más efectivo.

Lucio “piedi nudi” Miretto se presentó en el Vaticano aquél 3 de Julio de 1924. Pio XI lo recibió en su despacho mientras desayunaba. Grave error. Escupiría el mate cocido y una pepa glaseada, la única del paquete, ante la espeluznante revelación que iba a ver y escuchar.

2021 – El Músico corre los por los pasillos del templo. Despertó de una terrible pesadilla en la que olvidaba pagar el monotributo y se desencadenaba una serie de hechos catastróficos que culminaban en la desaparición de la especie humana, y la instauración de un nuevo Orden Mundial que ponía al Delfín como sucesor de especie dominante en el planeta. Lo imagen de Delfines sufragando lo paralizaba. Revisó la hora en su teléfono, y se mentalizó como anfitrión.

El Escritor corre por las calles. Esa mañana había recibido una muy mala noticia. Pero decidió que, para equilibrar el universo, se comería el mejor asado del mundo. Corrió a lo de Enrique XXVI de Reuss-Greiz, descendiente de la familia monárquica de Reuss-Greiz, todos Príncipes, a diferencia de Enrique XXVI quien fuera proclamado Rey de la Carne por vecinos y clientes de Deán Funes.

El Artista corre las sábanas y sigue durmiendo destapado, le empezó a subir la temperatura corporal y para no tener que sacar un pie fuera del rectángulo de la cama, y dar paso a que una de las criaturas que habita el bajo mundo lo arrastre a las mazmorras subterráneas y lo castigue con torturas propias de la inquisición, como el potro, la doncella de hierro, la sierra, hacer cola en el cajero del Banco Provincia a la siesta y comer helado de menta granizada. En esas cavilaciones estaba cuando el reloj le vaticinó el momento de partir.

El Hereje esperaba. Impávido e imperceptible. Anacrónico y atemporal. Como esos pantalones cortos a cuadritos que nunca se dejaron de usar. Como un cenicero artesanal que se compra de vacaciones, pero que nunca se usa porque solo son recuerdos de Capilla del Monte. El Hereje esperaba. El Barrio Paz no era un lugar peligroso. Era más bien una zona de milagros y perros que chumban a todo transeúnte. Pero al Hereje le sucedía más lo segundo que lo primero.

Los cuatro fueron congregados. “Infine” dijo el Artista. Mientras que se preparaba como un Girolamo Savonarola enajenado para comenzar a encender el fuego. Luego de largos y penosos esfuerzos. Como el primer hombre, que se erigió y salió de las cavernas semidesnudo y despeinado para aventurarse en ese estado salvaje. Y que como en una casualidad bendita descubriera el fuego. Al artista se le iluminaron los ojos y una lágrima se evaporó en sus mejillas cuando después de una hora de meterle papel y aceite, el fuego ardía en la leña como en la zarza que vio Moisés en el Monte Sinaí. Aunque en el caso de la zarza no se necesitó ni tanto papel ni tanto aceite de cocina de origen vegetal sin TACC.

“Lo que vemos nosotros, y lo que vio Moisés, son milagros, infatti.” Dijo el Escritor de la forma más refinada y académica, mientras sacaba una botella de vino y un sifón de soda, transpirado, de una bolsa de supermercado.

El músico preparaba la mesa, mientras reclamaba tesis científicas de porqué es mejor la leña que el carbón para el asado. Y no estaría conforme hasta que se realizaran pruebas de carbono 14 a las cenizas del asador para tener una certeza.

El Hereje esperaba. Oscuro y sin alma. Solitario y distante. Como una caja de zapatos en donde se guardan fotos antiguas que solo se vuelven a ver cuándo pasó suficientemente el tiempo como para comenzar a añorar el pasado, o cuando los peinados cambian lo suficiente como para comparar. Como un foco que se prende y apaga en una calle solitaria, que, sin testigos, es como el Gato de Schrödinger, muerto y vivo, encendido y apagado al mismo tiempo según la física cuántica y EPEC.

Los chorizos, la morcilla y algunos cortes invadieron el éter. El denso fluido invisible del universo perpetuo se doblegaba y desaparecía ante la imponencia del costillar. Ni siquiera el Hereje pudo abstraerse del aroma que conquistó el patio. La cena había comenzado.

Quiso el azar, por no pensar en fuerzas oscuras. Que un viento helado atravesara raudo todo el lugar, para terminar dentro del asador, y desvanecer instantáneamente el ardor de las brasas. “Gott würfelt nicht.” Dijo el Escritor en un alemán distorsionado por la masticación de un Chorizo de Vinagre.

El que más lamentó la eventualidad fue el Artista, que ya había invertido todo el papel y el aceite de la casa en la anterior faena. Todos miraron con cierta ternura al Vacío. No la ausencia de material en los elementos en un determinado espacio o lugar, al Vacío en la parrilla. Semi crudo, incompetente. Y fue el Músico el que acudió al rescate. Recordó unos viejos manuscritos, aunque si bien no recordaba el origen, sabía que estaban juntando polvo en una mesa luz.

Comenzaban a verse algunas luces en el cielo nocturno de Deán Funes. Se aproximaba una tormenta. El Músico apareció con los manuscritos y comenzó a desenrollarlos. Al Artista le renació la esperanza. Al Escritor se le dibujó una sonrisa. El Hereje solo atinó a abrir sus ojos de una forma desmedida y señaló una de páginas.

Notablemente manchada con mate cocido y pepa glaseada. En la página se dejaba ver un boceto de La Última Cena, de Leonardo Da Vinci. “Veritas” dijo el Hereje notablemente conmovido.

El Músico puso la página a contra luz, y su rostro dejó reflejar humanidad. Ante sus ojos, Jesús y sus apóstoles. Incluso Judas con una etiqueta que indicaba “il traditore” y lo que parecía ser un emoji del renacimiento europeo que representaba una carita enojada. Pero lo que le quitó verdaderamente el aliento es lo que se encontraba en la mesa.

“Tomen y coman, porque este es mi cuerpo”, dijo al partir el pan y entregarlo a sus discípulos.

Felipe, Mateo, Simón y Judas Tadeo, estaban comiendo asado.

De Marcos Wagner para https://kithara.com.ar

Dejar un Comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here